martes, 19 de mayo de 2009

PRAETER LEGEM Nº 10 - Editorial

Imaginemos al océano inmenso, toda esa colosal cantidad de agua moviéndose de una manera incontrolable, a un ritmo terrible, cada vez mas vertiginoso. Es entonces cuando el barco, como un crucero que pretende dar nuevamente un viaje de placer, se posa en el mar eterno, desafiando una vez mas las fuerzas interiores del terrible movimiento.
Este barco, semejante a una torta flotante con estratos y pisos, fue construido por las manos embrutecidas de unos cuantos astilleros, y es a la vez sostenido por miles de trabajadores que sudan sin parar en las calurosas y sucias salas de calderas y máquinas, en el piso inferior del navío.
Entre los pasajeros de tercera y segunda clase ubicados en las cubiertas inferiores, muchos de ello son emigrados que buscan una mejor tierra donde vivir, otros son maestros, mercaderes y profesionales de recursos económicos moderados. La primera clase, ubicada como colofón, está compuesta por los señores propietarios que ya sienten la sacudida; aunque hayan cambiado de capitán unas cuantas veces, la oleada se repite, y esta vez parece un tsunami.
Los capitanes están nuevamente en contienda, se pelan por la dirección del timón llegando al absurdo. Unos llevarán al barco directo al iceberg, otros serán impotentes para controlar la marea, para el caso, parece que el barco se hundirá. Es una farsa. Saben que están a la deriva. Aparentan viajar cómodos, aunque ya perciben que el agua esta indócil.
Se preocupan, piensan que los salvavidas no alcanzan, compran más. Se asocian con otros capitanes y señores, compran más. Mientras distraen a la tripulación con espectáculos vulgares, con casas de grandes hermanos y cuñados, con malvivientes piratas, con mosquitos sanguinarios.
Pero no examinan la causa del movimiento, allá en lo profundo. ¿Será una pelea a muerte entre tiburones por las presas mas pequeñas que esperan ser devoradas?
Nosotrxs pensamos que sí, y es en medio de esta lucha que se asoman estas paginas, denunciando las heridas, los muertos, los “daños colaterales”. Ya son diez las veces que surgieron, aunque nunca habían chapoteado en medio de semejante desafío. Por eso estas páginas son particulares. No es fácil este número, ni este año.
Asistimos a la decadencia del perverso capitalismo que nos vomita su miseria: el hambre y la podredumbre extrema, la angustia irreparable de los desocupados que ya son millones, el infierno carcelario, el trabajo esclavo, la opresión de género, …
Mientras tanto los de primera clase especulan y se organizan por su seguridad con ayuda de expertos navegantes y comerciantes. Consiguen excelentes tipos de grandes canoas de alta mar, las mismas que hace años solían usar para expediciones comerciales a gran distancia o para incursiones guerreras y de conquista. También están dotados de buques de guerra y nuevas cantidades de flechas de acero. Ahora las usan para salvarse del cataclismo y la inseguridad. Han tenido experiencias de anteriores naufragios, algunos planeados que tuvieron como resultado miles de desaparecidos. Pero frente a este ¿Cómo se preparan?
El resto; marineros, mujeres, niños, trabajadores, emigrantes, jóvenes corren de proa a popa buscando una esperanza, un salvavidas, desesperados frente al inminente hundimiento.
Este barco a la deriva enloquece a la tripulación, que se muestra inquieta, harta de la parodia busca una salida que no venga de la mano de ningún capitán, que no le facilite la presa a ningún tiburón.
Comienzan a reconocerse y encontrarse en su miedo y desasosiego. Son ellos, los de tercera y segunda clase que no han podido comprar salvavidas ni mucho menos canoas que los auxilien. Que no tiene mas que sus propios cuerpos, la seguridad para ellos solo seria posible si el barco fuera otro. Este barco no tiene camarote para todos y nos dejó náufragos mas de una vez.
Pero no podemos contemplar la hecatombe. Si este barco se esta hundiendo, nos esta mandando nuevamente al naufragio, tendremos que hacer como aquellos miles de astilleros; construir uno nuevo, en vez de cambiar de capitán, o reparar el barco.
Solo un nuevo barco permitirá el reencuentro con la vida, la amistad con el mar, la contemplación de la inmensidad.
Rodead@s de arpones y flechas, otra vez contra todas las flechas de acero, golpeando con puño cerrado, avanzamos hacia la construcción de otra estadística del mar; sin congelamiento de salarios, sin flujos y reflujos en el agua del mar, sin burbujas financieras, sin oleadas de inflación y por sobre todas las cosas, sin presas que esperan ser devoradas.

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